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Agentes de IA se convirtieron en los favoritos del mercado corporativo, y las big techs están encantadas con eso.

Nvidia, Microsoft, OpenAI, Anthropic y Google ya venden la idea de que estas herramientas son verdaderos colaboradores digitales, con flexibilidad y poder cognitivo comparables a los de un ser humano.

Solo que hay un problemón en toda esta narrativa. 😬

Un estudio reciente de la profesora Emma Wiles, de Boston University, echó un balde de agua fría sobre esta historia y mostró que tratar agentes de IA como si fueran empleados no solo crea expectativas irreales, sino que además hace que las personas a su alrededor trabajen peor.

En la práctica, los participantes del estudio identificaron 18% menos errores cuando el trabajo se presentaba como proveniente de un agente llamado empleado de IA, y no de un simple chatbot. Pequeño cambio de nombre, gran cambio de comportamiento.

Casi un tercio de los 1.261 gestores que participaron en la investigación ya encuadran a los agentes de IA como empleados, y el 23% llega al punto de listarlos en organigramas oficiales.

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Pero los números muestran que este cambio de nomenclatura tiene un impacto real y preocupante en la responsabilidad humana dentro de las organizaciones, con repercusiones que van mucho más allá de la oficina.

Y es exactamente eso lo que vamos a desglosar aquí. 👇

Lo que el estudio realmente descubrió

La investigación conducida por Emma Wiles no es un paper académico más lleno de teoría. Parte de datos concretos recolectados entre gestores que ya incorporaron agentes de IA en sus flujos de trabajo del día a día. Lo que llamó la atención no fue solo la velocidad con la que las organizaciones adoptaron estas herramientas, sino la forma en que empezaron a verlas dentro de la estructura corporativa. Cuando un agente de IA comienza a aparecer en un organigrama con nombre, cargo y hasta área de actuación definida, algo cambia en la cabeza de las personas que trabajan a su alrededor, y ese cambio no es necesariamente positivo.

El estudio identificó que, al humanizar a los agentes de IA de esta manera, las empresas terminan creando una especie de zona de confort artificial para los equipos. Los empleados empiezan a delegar responsabilidades de forma menos rigurosa, asumiendo que el agente va a cubrir los vacíos, va a detectar los errores, va a tomar las decisiones correctas en el momento justo. Solo que eso no es lo que ocurre en la práctica. Los agentes de IA no tienen juicio moral, no cargan contexto emocional de las situaciones y no asumen responsabilidad por nada de lo que hacen. Ejecutan tareas con base en instrucciones y datos, y punto. Cualquier cosa más allá de eso es proyección humana.

El dato más alarmante del estudio es justamente ese: cuando el trabajo se presentaba como resultado de un empleado de IA, los participantes se veían como menos responsables del resultado. Y además: estuvieron 44% más dispuestos a llevar un trabajo dudoso de la IA para revisión de un gestor, en vez de confiar en sus propias correcciones. Es decir, el agente que debería ahorrar tiempo termina generando más etapas y más burocracia. La calidad del trabajo humano cae, la atención disminuye, la revisión crítica de los outputs generados por la IA se vuelve más rara, y la responsabilidad empieza a diluirse de una forma en que, al final de cuentas, no queda en ningún lado.

Por qué las big techs empujan esta narrativa

No es casualidad que empresas como Microsoft, OpenAI, Anthropic y Google hayan invertido fuerte en la idea de que sus agentes de IA son casi miembros del equipo. Existe un interés comercial muy claro detrás de esto. El propio CEO de Nvidia, Jensen Huang, ya habló abiertamente sobre oficinas llenas de humanos digitales. Desde abril, gigantes de la tecnología lanzaron herramientas orientadas a gestionar equipos enteros de agentes, muchas veces anunciados explícitamente como colegas digitales con la flexibilidad y el poder cognitivo de personas reales.

Cuanto más las organizaciones ven estos productos como colaboradores digitales capaces de sustituir o complementar funciones humanas, más invierten en licencias, integraciones y expansiones de uso. Posicionar agentes como empleados digitales es una estrategia de venta extremadamente eficiente. El problema es que esta narrativa tiene un costo que va más allá de lo financiero. Cuando una empresa compra la idea de que su agente de IA es un miembro legítimo del equipo, empieza a tomar decisiones estructurales basadas en esa premisa. Redefine flujos de trabajo, redistribuye funciones humanas, ajusta expectativas de desempeño y, en algunos casos, hasta reduce contrataciones con base en la capacidad esperada del agente.

Todo esto con base en expectativas irreales sobre lo que estas herramientas pueden entregar de forma consistente y confiable. Y cuando la realidad no coincide con la expectativa, el impacto no recae sobre el agente. Recae sobre las personas. Existe también una cuestión más sutil: el lenguaje que usamos para describir la tecnología moldea la forma en que interactuamos con ella. Llamar a un agente de IA colega, darle un nombre, un perfil y un lugar en el organigrama, crea una percepción de agencia que simplemente no posee. Esto no es solo un problema de comunicación interna. Es un problema de diseño organizacional, porque cuando la estructura de una empresa se construye alrededor de una premisa falsa, las decisiones tomadas a partir de ella tienden a ser igualmente equivocadas.

La responsabilidad humana no puede tercerizarse a una IA

Vale recordar que el progreso técnico de los agentes no es solo palabrería. Estos sistemas, que pueden entenderse como herramientas de IA programadas para trabajar en bucle hasta alcanzar un objetivo, se volvieron mediblemente mejores en tareas complicadas. Pero dar el salto de llamarlos colegas o empleados es otra historia, y esa elección tiene consecuencias serias para el papel insustituible de la responsabilidad humana dentro de las organizaciones.

Ningún agente de IA, por más sofisticado que sea, puede ser responsabilizado por una decisión equivocada, por un dato incorrecto que generó pérdidas, por una orientación inadecuada que afectó la vida de alguien. Esto no es una limitación técnica que se va a resolver en la próxima versión del modelo. Es una cuestión estructural sobre lo que significa ser responsable de algo, y esa condición exige consciencia, intención y la posibilidad de sufrir consecuencias, características que son exclusivamente humanas.

Este riesgo va mucho más allá de la cultura de oficina. A medida que los agentes de IA se integran en áreas críticas como salud, educación, gobierno e incluso contextos militares, crece el peligro de que se conviertan en un lugar conveniente para echar la culpa por fallas que, en realidad, son fruto de malas decisiones humanas, incentivos equivocados y supervisión deficiente. Un ejemplo contundente de esto fue cuando un ataque a una escuela de niñas en Irán fue popularmente atribuido a una IA, cuando todas las señales apuntaban a una cascada de errores cometidos por personas. La máquina se convirtió en el chivo expiatorio de una falla que era profundamente humana.

Herramientas que usamos a diario

Mantener la responsabilidad humana en el centro de las decisiones no significa ignorar el potencial de los agentes de IA o dejar de usarlos. Significa integrarlos de forma honesta, con claridad sobre lo que hacen bien, dónde fallan y quién está al mando en cada etapa del proceso. Las organizaciones que logran hacer esto tienden a extraer mucho más valor de estas herramientas justamente porque no están operando con ilusiones sobre lo que son.

Lo que esto significa para las capacidades humanas en el trabajo

Hay una ironía cruel en toda esta historia. La promesa de los agentes de IA es ampliar las capacidades humanas, liberar a las personas de tareas repetitivas para que puedan enfocarse en cosas que exigen más creatividad, juicio y empatía. Solo que, cuando estos agentes son tratados como compañeros de trabajo, el efecto puede ser exactamente el opuesto. Las personas empiezan a delegar no solo las tareas mecánicas, sino también las que exigen atención crítica, y esto, con el tiempo, embota justamente las capacidades humanas que deberían estar siendo preservadas.

El economista Daron Acemoglu, del MIT y ganador del Nobel en 2024, que estudia el impacto de la IA en la economía, resume bien la cuestión. Para él, vender agentes de IA como cosas capaces de sustituir humanos es una propuesta destinada al fracaso. Lo ideal sería optimizar estas herramientas para que mejoren las capacidades humanas, y no para que ocupen el lugar de las personas. Y, según él, no es eso lo que estamos viendo en este momento.

Un esfuerzo interesante en esa dirección viene de la Universidad de Stanford, donde investigadores presentaron a 1.500 trabajadores de 104 profesiones información sobre lo que la IA podría, en teoría, hacer en su trabajo. Después, les preguntaron qué sería de hecho más útil y productivo. El resultado fue revelador. Los trabajadores sí querían automatización en ciertas áreas, como asistentes jurídicos que veían valor en la IA para asegurar que los casos avanzaban de forma adecuada. Pero, muchas veces, las tareas que los especialistas en tecnología consideraban más adecuadas para la IA eran justamente las que los profesionales decían no querer ni necesitar entregarle a un agente.

La buena noticia es que este camino puede revertirse, y el primer paso es cambiar el lenguaje y la forma en que los agentes de IA se presentan e integran en las organizaciones. Tratarlos como herramientas poderosas, y no como colaboradores digitales, no disminuye el valor que entregan. Al contrario, crea un contexto en el que las personas mantienen su responsabilidad activa sobre los procesos, siguen desarrollando sus capacidades humanas y logran usar la IA de forma más estratégica y segura. Llamar a un agente empleado es fácil y conveniente, especialmente cuando algo sale mal. Pero eso es solo un ejercicio de marketing. No hace que la herramienta sea más apta para el trabajo y, como la investigación de Wiles muestra, deja a los humanos a su alrededor peores en lo que hacen. Y son ellos quienes cargan la verdadera agencia que la IA intenta imitar. Se merecen algo mejor. 🧠

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Rafael

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