Cómo el vibe coding demostró que la IA puede, de hecho, simplificar la vida real
Cada vez que alguien abre un chatbot de IA en el metro o en el supermercado, mucha gente todavía siente esa incomodidad: ¿será que hemos desaprendido a pensar por nuestra cuenta? ¿No se podría hacer una búsqueda normal y analizar el resultado con calma? Al mismo tiempo, los números muestran otra cosa: una buena parte de las personas ya conversa con sistemas de IA varias veces por semana e incorporó eso a la rutina, sea para trabajo, estudio o puro improviso digital.
Dentro de este escenario surgió una práctica que viene llamando la atención: el vibe coding. La idea es sencilla, pero poderosa: personas que no son programadoras usan modelos de IA para crear aplicaciones y sitios hiper específicos, enfocados en un único problema del día a día. Nada de plataformas gigantes, nada de apps con millones de usuarios. Son microapps, hechos casi como artesanía digital, para resolver cosas bien concretas: organizar una boda, lidiar con la rutina de entrenamiento, controlar tareas de la familia o automatizar un detalle tedioso de la vida profesional.
En vez de reforzar ese miedo clásico de que la IA va a volver a todo el mundo perezoso, el vibe coding muestra otro camino: la tecnología sirviendo para ampliar lo que las personas comunes consiguen hacer, ayudando a transformar ideas en software funcional, incluso cuando quien está creando nunca logró terminar un curso de programación en la vida.
De reprobar en computación a crear apps útiles con IA
Un ejemplo directo de este giro es la historia de Shayan Mirzazadeh. En la facultad, reprobó dos veces en ciencias de la computación. Parecía el caso clásico de alguien que iba a depender de otras personas siempre que necesitara algo más técnico. Solo que, años después, con poco más de 30 años y trabajando como gerente de cuentas, Shayan empezó a usar IA para hacer exactamente lo que no consiguió en la carrera: poner aplicaciones en pie.
Empezó a hacer vibe coding de soluciones bien prácticas, tanto para el trabajo como para casa. Uno de los proyectos fue una app para ayudar a su prometida a seguir los flujos de clases y entrenamientos de pilates. En lugar de planillas infinitas, montó, con ayuda de la IA, una interfaz que conversa con la rutina real de ella: horarios, grupos, anotaciones, todo organizado de la forma que tenía sentido para la pareja.
Shayan entró en esta junto con una colega de trabajo, Jayne Ingram-Roberts, que también trata el vibe coding como una side quest divertida. Ella creó, por ejemplo, una app al estilo liga de fantasía para seguir el reality show Big Brother, enfocada en amigos que adoran el programa y querían jugar con puntuaciones, predicciones y rankings personalizados.
El proyecto más ambicioso de la dupla es Seatbee, un sitio para montar planes de asientos de boda. La motivación vino de un dolor bien real: Jayne sufrió para organizar las mesas de su propia boda dos años antes. Con la IA actuando como socia técnica, crearon una herramienta en la que el usuario define reglas claras del tipo:
- Todos mis amigos del trabajo tienen que sentarse juntos
- Mi hermana y ese tío que se pasa con la bebida tienen que quedar en lados opuestos del salón
Después de configurar esas reglas, la persona hace clic en generar y el sistema arma automáticamente una propuesta de distribución de mesas. Si algo no tiene sentido, se puede ajustar e intentar de nuevo. Según los creadores, Seatbee ya superó la marca de 200 usuarios, lo que es bastante significativo para una app totalmente de nicho, hecha por hobby.
Este es un buen retrato del espíritu del vibe coding: proyectos específicos, generalmente pequeños, que no quieren dominar el mundo. En muchos casos, los creadores incluso pierden dinero, pero ganan diversión, aprendizaje y la sensación de resolver un problema concreto que, para ellos, vale mucho.
El punto de giro: cuando la IA empezó a programar de verdad
Este cambio de escenario no vino de la nada. El desarrollador y escritor Paul Ford señala un hito importante: finales de 2025. Hasta ahí, los modelos de IA hasta conseguían escupir uno que otro fragmento de código, pero el resultado era inestable. La máquina necesitaba mucha mano sosteniéndola: quien estaba del otro lado tenía que saber programar razonablemente bien, entender errores, depurar, reconstruir partes importantes del sistema.
Lo que cambió fue el surgimiento de modelos orientados directamente a código, lanzados por grandes empresas de IA. Entre ellos, se destacan:
- Claude Opus 4.5, de Anthropic
- Gemini 3, de Google
- GPT‑5.1, de OpenAI
Estos modelos pasaron a ser capaces de hacer algo mucho más completo: escribir el código, ejecutarlo, identificar bugs, intentar corregirlos solos y repetir el ciclo hasta llegar a algo funcional. No estamos hablando solo de generar texto, sino de conducir un pequeño proceso de desarrollo de punta a punta, dentro de límites bien definidos.
Eso es importante porque, en el caso del código, la prueba es objetiva: o el programa corre, o no corre. Si compila, se ejecuta y entrega el resultado esperado, sirve, aunque el código no sea la obra maestra que escribiría un ingeniero senior. Como el propio Ford dice, a la computadora no le importa si el código es elegante o está lleno de apaños. Le importa si funciona.
Ese criterio binario crea una base de confianza que no existe de la misma forma en textos o imágenes generados por IA, donde belleza, claridad o estilo son subjetivos. En el vibe coding, si la app hace lo que promete, la herramienta cumplió su papel.
Aprendizaje práctico en lugar de dependencia ciega de la IA
Una crítica común al uso de chatbots es que pueden atrofiar el pensamiento crítico y reducir la autonomía de quien los usa, tanto en el trabajo como en los estudios. En algunos contextos, eso tiene sentido: la gente que terceriza todo a la IA corre el riesgo de desaprender cosas básicas.
En el vibe coding, sin embargo, el movimiento es un poco diferente. En vez de sustituir el razonamiento, la IA se vuelve una especie de torno mecánico: colocas la idea en bruto, vas moldeando, ajustas el resultado, refinas lo que sale. Hay un estudio que compara este proceso con hacer cerámica. El contacto con la arcilla, con la textura del material, forma parte del pensamiento del artesano. En el caso del código, manipular, probar, romper y arreglar el programa se mezcla con el desarrollo de habilidad e intención.
Los vibe coders entrevistados en proyectos recientes contaron justamente eso: aprendieron conceptos de lenguajes de programación que nunca habían visto, pasaron a entender qué es un flujo de deploy, cómo una app llega a estar online y qué significa depurar un error. Jonathan Butler, emprendedor de 56 años que antes dependía de terceros para construir sitios, compara la experiencia con estar en una carpintería, haciendo algo con las propias manos. Su proyecto más reciente es usar vibe coding para organizar el proceso de construcción de la casa nueva.
Al final, quien se sumerge un poco en este juego sale no solo con una app lista, sino con nociones reales de programación y arquitectura, aunque sea en nivel inicial. La IA no es un atajo para saltarse el entendimiento, sino un empujón para atravesar la parte más trabada de la curva de aprendizaje.
Software hiper de nicho en lugar de plataformas gigantes
Otro punto que hace interesante el vibe coding es el foco en problemas diminutos e hiper específicos. Mientras el mundo corporativo suele apuntar a escala, margen y crecimiento, estos microapps nacen con otra pregunta en la cabeza: ¿qué cosita molesta de mi rutina puedo eliminar hoy?
Una app corporativa tradicional intenta atender a miles de empresas y termina convirtiéndose en una navaja suiza pesada, con menús infinitos, funciones que casi nadie usa y, muchas veces, paywalls que bloquean justamente ese recurso que más le gustaba al usuario. La app creada vía vibe coding hace el camino inverso: empieza con el problema de una persona o de un grupo muy pequeño y entrega una solución del tamaño exacto de ese problema.
Algunos ejemplos reales muestran bien esto:
- Apps para cuidados de salud y familia, creadas por personas que conviven con adultos mayores, personas con demencia o pacientes en tratamiento, organizando medicamentos, horarios, señales de alerta y pequeños registros del día a día.
- Un sistema casero para contratar niñeras y conductores, que ayudó a un padre a organizar los traslados escolares y los horarios de quien recoge y lleva a los niños, de una manera que ninguna plataforma genérica atendía.
- Una lista de compras inteligente, creada por un bombero llamado Joe Poynton, que organiza los ítems del supermercado por la ubicación de las góndolas, ahorrando tiempo entre un turno y otro.
Estas herramientas difícilmente serían lanzadas por una gran empresa, porque el público es demasiado pequeño como para justificar un producto completo. Pero, para quien las usa, son transformadoras. Es una forma de llevar software al cotidiano de personas que, hasta entonces, eran solo consumidoras pasivas de apps genéricas.
Vibe coding como puerta de entrada para quien siempre se sintió fuera de la tecnología
El vibe coding también tiene un papel importante de inclusión. Las ingenieras de software Maya Miller y Chloe Garden lideran el SiSTEM Collective, una comunidad en Nueva York dirigida a mujeres negras y latinas en el área de tecnología. Parte de su trabajo es organizar talleres para quienes no son técnicas, mostrando de forma accesible cómo usar herramientas modernas.
En uno de esos encuentros, el tema fue justamente la creación de apps con ayuda de la IA. Las participantes llegaban con una idea cruda en la cabeza y salían con un prototipo funcionando. Eran unas 30 mujeres, incluidas algunas completas principiantes, que nunca habían tocado realmente código.
Dos proyectos llamaron la atención: microapps para seguir rutinas de lavado de cabello. Las usuarias querían registrar qué productos estaban usando, si eso estaba ayudando en los objetivos de cuidado del pelo, como crecimiento, fortalecimiento o elasticidad, y percibir, a lo largo del tiempo, qué funcionaba mejor. Es el tipo de software súper personalizado, con campos, recordatorios y métricas que difícilmente aparecería en una herramienta genérica ya hecha.
Ese tipo de experiencia conecta directamente tecnología y vida real. Es como por fin arreglar una fuga eterna en la pileta, o montar un esquema claro de quién alimenta al gato cada día, evitando la famosa cena doble. Pequeñas cosas que no generan titulares, pero hacen una diferencia enorme en la paz mental.
Un futuro en el que cualquier persona publica sus propios microapps
El desarrollador Kyle Jensen, que trabaja con programas de emprendimiento en la School of Management de Yale, también se subió a este movimiento. Ya hizo vibe coding de una app de preparación para el SAT para su hijo, herramientas de investigación para su esposa y sistemas de búsqueda específicos para colegas.
En su visión, hay una explosión de interés en este tipo de creación, principalmente en círculos ligados a gestión y negocios, donde mucha gente entiende bien el problema, pero poco de código. Para Jensen, esto apunta a un futuro próximo en el que personas comunes, sin la etiqueta de dev, lanzarán y actualizarán apps con frecuencia, del mismo modo que hoy montan hojas de cálculo complejas o automatizaciones sencillas en servicios online.
Este escenario también mueve la forma en que la sociedad ve la IA. En vez de ser solo otra interfaz de chat para responder correos o resúmenes, se convierte en herramienta de construcción. Paul Ford ve el vibe coding como una manera de devolver un poco del control de la tecnología a las personas que no quieren quedarse conversando con robots todo el día, pero necesitan construir algo concreto para resolver trabajo y vida.
Cuando la reportera se convierte en vibe coder por un fin de semana
Para entender mejor este universo, la propia autora del reportaje original decidió experimentar. Tenía un problema bien específico de ciudad grande: dos supermercados cerca de casa, pero uno de ellos quedaba en lo alto de una subida respetable. La idea era simple: comparar las promociones de la semana de los dos supermercados y decidir, con algo de lógica, cuándo valía la pena encarar la subida.
Intentó crear, con ayuda de un modelo de IA, un sistema para extraer información de las ofertas en PDF de los folletos semanales. Resultado: descubrió que el supermercado sigue siendo, sin querer, un sector resistente a la IA. Hacer scraping de PDF antiguo y mal formateado sigue siendo difícil incluso para modelos avanzados.
Aun así, el proceso no fue una pérdida de tiempo. Al intentar resolver el problema, aprendió bastante sobre cómo funciona la raspada de datos, qué técnicas existen para decodificar contenido en documentos desordenados y qué limitaciones prácticas todavía aparecen.
Además, hubo otro aprendizaje importante: cómo conversar con la IA. Al principio, trató al modelo como si fuera un colega de redacción, usando metáforas, contextos largos y sugerencias muy abiertas. Poco a poco, se dio cuenta de que necesitaba ser más específica, descomponer las tareas, explicar paso a paso lo que quería que hiciera el código.
Al final, el plan original de comparar automáticamente los folletos no funcionó. Pero, en un verdadero espíritu de startup, pivotó el proyecto. Junto con la IA, creó una app que ayuda a decidir si una promoción vale o no vale la caminata extra hasta el supermercado de arriba: la persona introduce el descuento, el precio base, tal vez otras variables, y la app dice si compensa o no hacer el esfuerzo físico por el beneficio financiero.
¿Es una app medio tonta? Seguro. ¿Va a convertirse en unicornio? Claro que no. Pero su respuesta es directa: yo la voy a usar. Y, para quien quiere pagar más barato por la mozzarella sin sufrir tanto a la vuelta, está más que bien.
El rescate de la internet artesanal, ahora con IA tras bambalinas
Después de hablar con varios vibe coders y probar en la práctica, la sensación que queda es de un regreso a una internet más descentralizada, rara y divertida. No la web dominada solo por unas pocas plataformas gigantes, sino aquella de antes, llena de sitios personales locos, apps inútiles que mandaban solo la palabra Yo a los amigos o simulaban un vaso de cerveza bebiéndose en la pantalla.
Esta vez, sin embargo, el improviso viene con más musculatura técnica, porque la IA sostiene la parte pesada. Arriba, siguen surgiendo discusiones difíciles sobre impactos ambientales de data centers, concentración de poder y efectos de la automatización en el trabajo. Nada de eso desaparece con el vibe coding. Pero, en la base, se puede ver a millones de personas comunes usando IA de forma más autoral, para resolver problemas que son solo suyos y para poner su propia vibra en el software que usan.
Al final de cuentas, el vibe coding muestra una cara más humana de la inteligencia artificial: menos hype de revolución económica total, más herramientas a medida para quien solo quiere organizar mejor su propia vida, poner un poco de gracia en los procesos aburridos del día a día y descubrir, en el camino, que también es capaz de construir tecnología, incluso sin haber aprobado aquel examen de programación en el pasado.
